Cuando al mes de terminar con su novio supo que estaba embarazada, Martina (16) se dijo que ella no iba a dejar la escuela. Sabía que por más que su mamá terminara a la larga por asimilar la noticia, con cuatro hijos propios no podría hacerse cargo de otra boca para alimentar. Por eso tenía que terminar el secundario como fuera para poder hacerse cargo ella misma del bebé. Así que siguió cursando mientras su panza crecía bajo el guardapolvo y estaba a semanas de completar el año cuando una complicación de salud la obligó a guardar reposo hasta el parto. Han pasado ya dos años desde que nació Benjamín, pero Martina no ha vuelto a pisar un aula desde entonces y ve cada vez más difícil que lo vaya a hacer alguna vez. Mientras tanto trabaja “de lo que pinta”, en los momentos en que puede y ya no tiene amigas de su edad.
Los embarazos no planificados durante la adolescencia tienen un impacto en la vida de los chicos y las chicas mucho mayor del que generalmente se ve. Por la sobrecarga económica y de trabajo doméstico que implica, en especial para aquellas socialmente más vulnerables (y la gran mayoría de las madres adolescentes hoy lo son), les quita la oportunidad de permanecer en el sistema educativo, de acceder a una mejor preparación profesional y de conseguir empleos mejor remunerados o con más facilidad. Pero además suele distanciarlas también de sus familias de origen y de los amigos de su edad. En suma, un drama silencioso que en nuestro país se multiplica cada año por cien mil.
Cada año nacen en Argentina más de cien mil bebés hijos de madres menores de 19 años que en su gran mayoría no buscaban quedar embarazadas y muchas de las cuales ya se encontraban de por sí en situaciones de gran vulnerabilidad social. La tasa de embarazos adolescentes, que hoy representan uno de cada seis nacimientos, no logra ser controlada en el país, según coincidieron en denunciar diversas organizaciones a lo largo de la última semana en el marco del Día Mundial de la Prevención del Embarazo Adolescente, conmemorado ayer.
Pero que el 15,5% de los nacimientos correspondan hoy a madres menores de 19 años no debería asombrarnos considerando el bajo nivel de cuidado anticonceptivo que se registra entre los adolescentes de nuestro país. Sólo la mitad de ellos usa preservativos en forma regular y al menos un tercio reconoce no haberse cuidado en su debut sexual, según muestra un reciente estudio de la Sociedad Argentina de Ginecología Infanto Juvenil.
LA MAYORIA DE ORIGEN HUMILDE
Aunque los embarazos no deseados durante la adolescencia constituyen un fenómeno que atraviesa las distintas clases sociales, lo cierto es que tiende a concentrarse en las más vulnerables. De cada 18 madres adolescentes 17 pertenecerían a hogares humildes, según observaba un estudio realizado por el ministerio de Salud de la Nación hace una década, acaso el último en indagar sobre este aspecto en nuestro país.
“Los censos y estadísticas no aportan datos del sector social al que pertenecen, pero en la práctica encontramos que la mayoría de los embarazos adolescentes se concentran en jóvenes de los sectores sociales de menores recursos, con dificultades en acceder a un buen nivel de instrucción y cuidados de la salud”, sostiene la licenciada Sandra Souza, desde el Colegio de Obstétricas de la Provincia. De acuerdo con datos difundidos la semana pasada por ese colegio profesional “el 2,9 % de las madres bonaerenses tienen bajo nivel de escolaridad, ya que no tuvieron instrucción o no alcanzaron a completar la escuela primaria, mientras que otro 24,8 % sólo completó este nivel”.
A esa situación de base -que se expresa en el hecho de que 1 de cada 4 madres adolescentes ya había dejado la primaria al quedar embarazada- se le suma el impacto del embarazo sobre las demás por ser una importante causa de deserción. De hecho, apenas de una tercera parte de las alumnas embarazadas completa su educación secundaria, según muestra una investigación realizada en secundarios bonaerenses y porteños por el Centro Latinoamericano Salud y Mujer.
Lo que describen las estadísticas se refleja en las historias que cuentan Rocío, Tamara, Camila y Agustina, cuatro chicas que se ofrecieron a aportar sus experiencias para esta nota. De todas ellas, sólo una estaba estudiando al quedar embarazada y aunque quiso seguir adelante con sus estudios no lo pudo hacer. “En ese momento estaba en quinto año y me había anotado en Bellas Artes para hacer la carrera de Plástica, pero tenía la cabeza en cualquier parte y no pude seguir”, cuenta Rocío, quien recién retomó su formación cuatro años más tarde gracias a una enorme voluntad.
UNA GRAN INDEFENSION
Además de pertenecer en su gran mayoría a sectores sociales de bajos recursos y tener bajas chances de completar su educación, “muchas madres adolescentes sufren situaciones de violencia y tienen dificultades para acceder a una adecuada atención de su salud”, asegura desde el Colegio de Obstétricas de la Provincia la licenciada Sandra Souza sobre la base de una larga experiencia profesional en hospitales públicos bonaerenses.
Cada año nacen en Argentina más de cien mil bebés hijos de madres menores de 19 años de edad
Souza no es la única que señala este costado del drama que no suele verse en las estadísticas. “En algunos casos son chicas que quedaron embarazadas por abusos sexuales intra familiares o de relaciones sin ninguna paridad; en la mayoría se encuentran en una situación muy vulnerable que luego trasladan a sus hijos al convertirse en mamás”, coincide en señalar Viviana Marfil, integrante del Foro para la Niñez, la Juventud y la Adolescencia de la Provincia, quien asegura que “el Estado sigue estando complemente ausente” en este drama social.
La historia de Camila, que fue mamá a los 16 años y hoy a sus 17 espera un segundo bebé, resume bien esa realidad. “En mi primer embarazo estaba viviendo en la calle. El tenía 36 y cuando le dije que estaba embarazada se fue. Seguí sola sin saber ni siquiera lo que era dar la teta ni que tenía que ir a un hospital: los primeros seis meses de embarazo los pasé sin controles médicos. Me mandaron a un hogar en Pipinas donde el chico más grande tenía cuatro años. Fueron las chicas que trabajaban en la cocina de ese hogar las que me enseñaron todo lo que tenía que hacer cuando naciera mi hija -cuenta-. Era yo sola y ese bebé que iba a venir pero nunca dudé en tenerlo: iba a ser mi familia y quería darle lo que no me habían dado a mí”.
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